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La vida es un teatro

"La calle es una selva de cemento" como dice ese gran pensador, músico y sociólogo puertorriqueño: Hector Lavoe.

- ¿Sociólogo?

- Si, sociólogo.

Porque para poder comprender cómo y por qué una sociedad actúa o piensa de determinada manera, es necesario estar dentro de ella, vivir y sentir lo que piensan sus integrantes y observar lo que pasa en cada rincón de su universo.

Ejemplo de esto, en nuestro medio, es el mismísimo Carlos Michelena. ¿Quién más que él ha podido y puede interpretar nuestros sentimientos? ¿Qué gallito estudiado, graduado, regraduado, postgraduado, masterado y doctorado, podría interpretar lo que pensamos? Y, si acaso lo hiciera o lo hace, seríamos nosotros los que deberíamos estar graduados, regraduados, postgraduados, masterados y doctorados para poder comprender lo que dice, porque el lenguaje utilizado por estos doctos caballeros es más incomprensible que el Inglés del Bronx.

Y sin embargo traemos doctores de todas partes del mundo para que nos cuenten como somos y por qué nos va mal; se arman grandes aspavientos y se pone a disposición de ellos un escenario que ya hubieran querido Nerón y secuaces para alimentar a sus leones.

Tarimas, trompetas y hasta una jarra con agua -esta sí, potable- para que el expositor se sienta cómodo y pronuncie trescientas o cuatrocientas barbaridades sintácticas, seguidas de cuatrocientas o quinientas citas de otros cuatrocientos o quinientos famosos expertos desconocidos por todos, y que como es lógico, nunca habían pisado nuestro país.

Y claro, su principal argumento es: "Nuestro continente es uno solo, es sólo un pueblo y todos somos iguales", Y yo me indigno y pregunto (a veces sólo me Indigno y no pregunto) ¿Cómo vamos a ser iguales? ¿Si entre países hermanos nos hemos partido el alma no menos de veinte veces? ¿Si entre habitantes de un mismo país, a pretexto de un partido de fútbol, se arman broncas tan fuertes que, poco más y parecen una sesión oficial de la Asamblea Nacional? ¿Si entre automovilistas de la misma ciudad detenemos el tráfico en una esquina con el firme propósito de sacudirnos las respectivas llaves de tuercas en los respectivos cráneos? y ¿si para mi vecino siempre mi césped será más verde, aunque yo no tenga césped?

No, aunque me duela decirlo, no somos iguales, Porque a eso propugna una sociedad: al éxito individual. Se cambian los papeles de los héroes; antes eran quienes se habían sacrificado, sufrido y dado hasta su vida por la libertad y dignidad de los demás; levantábamos en hombros a Bolívar, Martin Luther King y Alfaro. Hoy admiramos a quienes han subido solitos desde la cloaca hasta la suite, (y no precisamente a repartir pizzas) y miramos con reverencia a laccoca, Ford e Isaías, Porque esto es la Sociedad, y en su nombre damos diferentes sentidos a palabras como "caridad" (Dios, que cosas se oyen) es decir que: nosotros que propugnamos a triunfar solitos y que nadie nos pise los talones, regresemos a ver, de vez en cuando, a los que pisamos la cabeza en nuestra subida y digamos: "pobrecitos, tomen, yo les regalo esta ropita que está nuevecita porque apenas se la pusieron mis ocho hijitos", y las señoras de la alta sociedad -expresión que clasifica a ese grupo de personas que no perteneciendo a la sociedad, son mucho más sociedad que todos nosotros- organizan desfiles y bailes para recaudar fondos y salir en las fotografías de "high society" tomando a un niño pobre entre sus brazos,.

Pero en todo caso no les culpo porque no lo hacen por maldad, sino porque están cumpliendo con su papel. Porque yo afirmo que si la calle es una selva, la vida es un teatro, (aunque Calderón de la Barca diga que es un sueño) y...

¡Qué escenografía!, ¡qué ambientación!, ¡qué actores! Cada uno de nosotros, ya sea de escritores, actores, espectadores o críticos, lo hacemos de la mejor manera.

Porque no me van a negar que muchas veces escribimos el guión de una representación, como cuando un dirigente sindical o un activista social organiza una marcha pacífica, pues está asignando papeles a cada uno de los actores que representarán una obra que nada tiene que envidiarle a Fuente Ovejuna

Y cuándo presenciamos un idilio seremos los espectadores de un drama (porque todo drama tiene una parte cómica); y si es de una patada en la canilla o el suelazo de algún político, lo seremos de una comedia, y así hasta completar todos los géneros de teatro creados.

Y cuándo el estudiante da una lección, será el protagonista, y si es un compañero el que la da y si se saca un cero, y si el primero comenta el drama urbano con un: ¡Qué bruto!, entonces será el crítico.

Y así, seguimos creando, representando, actuando o criticando obras, y ... !Qué dramas!, ¡qué comedias! Sí, decididamente, la vida es un teatro:

-El ladrón cumple su papel robando y el algunos políticos cumplen el suyo también robando.

-El estudiante que pasa a dar una lección que no sabe se saca un cero y el profesor que tampoco la sabe, le pone el cero.

-El gran señor entra a palco en el estadio mirando al de las empanadas de arriba a abajo y el de las empanadas no lo mira pero le pone chicle en la butaca.

-El ciudadano limpia la acera de su casa y el basurero recoge la basura de cada casa, pero cuando recoge la basura de cada casa se le rompe la funda y ensucia la acera del ciudadano y el ciudadano limpia la acera de su casa.

¡Es fantástico! cada quien cumple su papel a cabalidad.

Es por eso que la última vez que me robaron, ya ni siquiera me indigné; no me enojé, porque sabía que si bien yo estaba cumpliendo a cabalidad mi papel de romperme el alma por una computadora, el ladrón, también cumplía el suyo con diligencia y gran profesionalismo.

Lo que no acabo de ver bien es el papel de la policía, por que en ciertas ocasiones (y seríamos ciegos si no lo reconociéramos) los vemos representando dignamente su papel: Con que seriedad ponen la sirena cuando el semáforo cambia a verde y el auto de adelante no se apura, con qué gallardía paran el tráfico para que pueda pasar con las compras el chofer del secretario del tercer secretario del ministro de Relaciones Interiores (no hay problema, si no existe este ministerio, pronto lo crearán). ¡Con qué virilidad se llevan presa a media contra barrera por gritar GOE en vez de OLE que es lo que reclama el espectáculo taurino!

En cambio otras veces, triste es decirlo, no cumplen a cabalidad su papel. Es triste decirlo porque a uno se le atascan las palabras en la garganta y saltan las lágrimas a los ojos al declarar con pública seguridad que la seguridad pública ya no es ni pública, ni mucho menos segura.

Porque no se puede pedir que algún agente de la policía se encuentre presente en el garaje de nuestra casa justo en el momento en que monsieur le ladrón se disponía a sacar el auto y dejar cerrando la puerta del garaje -para que no venga cualquier abusivo y se lleve lo demás-, pero tener que mandarse el viaje hasta las oficinas de la PJ, esperar media hora, hacer la declaración con la descripción exacta de los bienes sustraídos, recordar el mal rato, volver a contar el mal rato, revisar la declaración, ir a sacar copias, pasar dejando "en esa otra oficinita", recibir la consabida información: "listo, espere no más que uno de estos días le va a llamar el oficial a cargo" y esperar cual novio de pueblo porque nunca, nunca se recuperan las pertenencias, va más allá de lo humanamente soportable.

Esa es la parte que no acabo de entender bien, porque uno está acostumbrado a ver casi todas los días por televisión esas series norteamericanas que reflejan exactamente como son los chapitas allá (perdón, señores policías); apenas pasa algo, uno llama al 911 y en menos de lo que canta un gallo, el policía de a terno -que es un gallazo- ya le ha roto a uno la puerta de entrada y tiene a toda la familia contra la pared mientras les pone las esposas a la esposa y les lee sus derechos a los niños, porque los niños también tienen derechos; mientras que, al mismo tiempo, cuatro o cinco patrullas llegan despertando a todo el barrio, rodean el auto de la familia (del año, por supuesto) y toman fotos y huellas digitales; interrogan al perro y de pasadita, van salvando al gato que del susto se trepó al árbol del vecino (más frondoso que el nuestro, como es lógico). ¡Ah!, y si la cosa llega a ser un poco más grave, no dejan acercarse a los curiosos ni a la prensa (que llegó media hora entes que ellos) y le ponen al rededor de la casa una cintita amarilla. Yo supongo que eso de regalar la cintita amarilla, lo hacen para compensar un poco las pérdidas que uno ha tenido; la compensación no es gran cosa, pero lo que importa es el detalle.

Es entonces cuando uno dice: Ahí si está perfecto el teatro; a uno le dan ganas de levantarse y aplaudir.

Estos cuantos párrafos aquí descritos vienen a confirmar mi hipótesis, puesto que mi conclusión, llegado a este punto, es que del hecho de que seamos alienados no tiene la culpa la publicidad, ni el extranjerismo ni mucho menos el sueño americano. ¡NO! La culpa la tiene única y exclusivamente la policía; porque si nuestra policía fuera como la de allá y cumpliera su papel en el teatro de la vida, no tendríamos que recurrir a sueños extranjeros, ni a series policiales. Nos limitaríamos a sentarnos en el portal de nuestra casa para mirar, ahora sí, las mejores escenas de acción y suspenso.

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