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Cuentos

Los cuentos clásicos nada tienen que envidiarle al Extra. ¿Se acuerdan los que nos contaban? Esos libros deberían venir con una advertencia en la portada:

- Atención este cuento es categoría PG, recomendada para niños en compañía de sus padres.

Y realmente me ha pasado ¿a ustedes no?:

- Niños, ¿se van a dormir o quieren que les cuente un cuento?

- No papi, no seas malo, nos vamos no más a dormir.

Bueno, ¿qué les parece entonces unos cuentos un poco más acordes para niños? y si buscan un poco encontrarán también algunos para grandes.

Empecemos: Había una vez...

Un paso a la locura

Ojos verde-esmeralda que al mirarlos de forma directa era como adentrarse en un bosque de fantasías e ilusiones. Era inevitable perderse en ellos y Claridad lo sabía perfectamente.

Todos los días mientras el cielo empezaba a tornarse amarillo, naranja, rojizo, apoderándose de a poco de ese azul de mar, Claridad se asomaba a la ventana de su cuarto para no perder la oportunidad de observar, una vez más, el pequeño y especial recorrido en bicicleta de su amado.

Su rebelde cabellera color canela ya le había entorpecido la visión antes, así que estaba preparada; una liga verde en su muñeca la acompañaba siempre; era su color favorito.

Un banquillo la impulsaba hacia el escritorio que le otorgaba la mejor vista, pero no podía ser tan obvia, solo dejaba al descuido esos lentes redondeados que disimulaban el visco de sus ojos. Aquellos ojos que desde su uso de razón le habían causado burlas y discriminación por todos sus compañeros del kínder, escuela, colegio y hasta en el único año de universidad que logró soportar antes de abandonarla.

Mientras yacía sobre el escritorio, ocultándose tras las cortinas, volvía a la memoria de Claridad la sensación de haber visto por primera vez esos labios a los que recordaba como una mezcla perfecta entre rosa pastel y carmesí y que cuando se juntaban daban la idea de formar un corazón y llamarla al pecado.

Sus manos temblaban y sus piernas tenían vida propia, querían caminar solas hacia él, pero su mente se lo impedía, recordándole que debería tener un plan previo, no podía acercarse así, podría asustarlo.

Todo su cuerpo entró en disputa. Su corazón por otro lado, se aceleró a mil por hora, aunque en instantes se sentía como si tomara pequeñas pausas para volver con mayor fuerza. Sus pulmones estaban trabados y le dificultaron la respiración. Un enjambre de abejas estaba en sus venas; y su estómago era el nido de alguna rara especie que le traía malestar.

Cuando el sol se juntaba con la punta del campanario de la Iglesia, cinco cuadras y media al Este, se divisaba el intenso oscuro de una cabellera rizada que bailaba junto al viento, al compás que Mario y su bicicleta quisieran darle.

El nerviosismo volvía y recubría cada fragmento del famélico cuerpo de Claridad. Una voz surgió desde lo más profundo susurrándole al oído que ya era tiempo de dar el siguiente paso.

Esa noche el insomnio llegó de visita y Luna, su más fiel amiga, aunque un poco esquiva desde lo más alto del cielo, le recordaba que ya había pasado demasiado tiempo en soledad, debería arriesgarse y conceder a sí misma la oportunidad de estar con alguien.

La desaliñada joven veinteañera se armó de valor y de inmediato empezó a imaginar en su cabeza su vida soñada junto a Mario. Pensó que cuando le declarase su amor y su hombre ideal le correspondiera con una sonrisa -de esas que le brindan un brillo singular a su día-, acompañado de un sí rotundo, ella podría ayudarlo a cargar su mochila de caricaturas para conducirle rápidamente al auto, antes de que la niñera se dé cuenta. Podría dirigirse hasta la cabaña que sus padres le habían heredado, en las afueras de la ciudad, después de que el cáncer se los arrebatara.

Por suerte, pensó Claridad, había sido vigía en el día a día del niño, intencionadamente o no, pero ya conocía la rutina de la familia.

La madre de Mario salía cada madrugada antes de poder divisar el primer rayo de sol, luciendo un uniforme sencillo y zapatillas. Era como si se hubiese sumergido en una gran laguna de leche, aunque asomaba una diminuta mancha roja en su pecho en forma de cruz, que contrastaba por completo; además una credencial colgaba de su cuello con el sello del hospital más cercano y Claridad lo reconoció desde lejos porque lo vio cada día por más de un año cuando su madre reflejó todos los síntomas de una inclemente enfermedad. La Sra. Florencia solía regresar a casa entre 40 y 45 minutos después de su pequeño hijo, el tiempo necesario para que pudiesen escapar, pensó. La aparición de su padre, por otro lado, solía ser tan fugaz como la de aquellas estrellas que tanto ansían ver para que escuchen sus deseos.

Mario era un niño tan independiente como sus padres se lo permitieron.

Luego de que la niñera se cerciorara que haya subido al bus escolar, toda la calle volvía al inquietante silencio. Al salir de clases solía ir con sus amigos al parque más cercano a jugar futbol durante horas. Eso también lo sabía porque en uno de sus paseos reflexivos, cuando logró volver a la realidad, estaba frente a la cancha y su amado a sus pies tomando el balón que se les escapó por un segundo. Cuando no era fútbol, era básquet, escondidas, rayuela o algo que inventaron minutos atrás, que solo ellos entendían y parecía divertido.

Claridad ya tomó el tiempo y sabía exactamente a qué hora retornaba el niño a casa, aunque ella no era la única que lo esperaba con ansias, su niñera aguardaba cada tarde pacientemente en la puerta de la casa para recibirlo con su bebida favorita en la mano.

Ya no quería pensar más la situación, sabía lo que debía hacer y cualquier inconveniente lo resolvería en aquel instante. Se quedó con la imagen de los dos juntos entregándose una sonrisa mutua, la congeló y todo lo que había imaginado pareció perfecto. Al fin pudo conciliar el sueño.

Al día siguiente las ansias no la dejaban actuar con normalidad, miraba el reloj con frecuencia, el tiempo parecía estar en su contra, las manecillas no querían andar y todo se sentía más pesado.

Cuando cayó el atardecer Claridad ya no se encontraba en la ventana de su habitación en el segundo piso, esperaba en el pórtico con intensión de interceptar al niño de diez años para revelar sus sentimientos hacia él.

Mientras aguardaba, observó con detenimiento su hogar. Aquel conjunto residencial que algún día le pareció de fantasía, hoy era ordinario. Las mismas casas se repetían una y otra vez, al norte, sur, este y oeste, todo era igual. Cada cuatro casas había una intersección que los llevaba a lo mismo. Por primera vez se dio cuenta que vivió en un laberinto, un cubículo que la había atrapado durante años a través de la rutina. No fue hasta que Mario se mudó cuando encontró un significado importante a su existencia que ahora le daba razones suficientes para escapar de allí hacia su libertad.

Por alguna extraña razón mientras más sola se quedaba, más oprimida se sentía. Un sentimiento desolador la impactó intempestivamente; sí, era nostalgia. No siempre se sintió así, todo era mejor cuando al llegar a casa su tía Carmela la recibía con un abrazo que le dejaba olvidar todo lo malo que soportó en el día. La tía Carmela se hizo cargo de Claridad en cuanto su padre empezó a enfermar y sus fuerzas se agotaron para cuidarla como debería. Ella y su hijo de 7 años se mudaron poco a poco. Aunque las cosas en el hogar estuviesen pésimas no dejaban que a Claridad le afectaran y menos con la presencia de Víctor.

El pequeño hijo de Carmela, Víctor, siempre esperaba a su prima con ideas nuevas y locas de cómo podrían desaprovechar su tarde hasta que el cansancio los hiciera caer en el sueño más profundo. Víctor podía hacer que la joven recuperara su ánimo en un segundo y los relojes se congelaran.

En una tarde de películas mientras Víctor no paraba de reír, Claridad intentaba con todas sus fuerzas concentrase en lo que proyectaba el televisor, pero simplemente su rostro se dirigía hacia el niño; sus manos buscaban las de él. La puerta principal se abrió de forma inesperada, la tía Carmela llegó con las bolsas del supermercado hasta el cuello, Claridad se sobresaltó y su cuerpo se levantó casi al instante, corrió para ayudar a su tía con las compras, la saludó y apresuró el paso hacia su cuarto en donde no dejaba de cuestionarse sobre lo que le estaba pasando a su cuerpo y su mente antes de que la tía apareciera.

En ese instante la joven empezó a cargar un peso sobre sus hombros que cada día la oprimía más. Claridad investigó todo lo que pudo respecto a lo que su cuerpo y sus emociones le revelaron esa tarde junto a Víctor. Trató de encontrar una cura, luchó consigo misma por varias semanas; deseaba cambiar su corazón por uno inerte pero no lo consiguió.

Empezó a acercarse más a su primo y él solo correspondía a ese afecto que se sentía familiar. Claridad entendió que lo que estaba viviendo era una relación amorosa inquebrantable y su rostro se iluminó de felicidad. La tía Carmela no dejaba de escuchar todas las tardes a su sobrina sobre aquel dulce amor de colegiales que la tenía por las nubes.

Un viernes por la tarde sonó el teléfono de casa y Víctor contestó. Claridad escuchaba desde la cocina que su pequeño primo conversaba con alguien y la duda la invadió ya que eran los únicos en la vivienda. La joven pidió el teléfono y al otro lado de la línea una voz conocida le decía que no iba a poder llegar a la cena y por favor cuidara a su hijo y se asegure que vaya a dormir en la hora establecida.

Esa tarde Claridad y Víctor armaron todo un plan antiaburrimiento y sin darse cuenta cayó la noche y ambos seguían frente al televisor, que era su única fuente de luz. Recostados sobre la cama de Carmela, los párpados del niño se sentían cansados y tenían intención de cerrase, dejó caer su cabeza sobre el hombro de Claridad y ella solo pensó que era el momento ideal para despejar su duda sobre el sabor de los labios de Víctor. Poco a poco el rostro de Claridad se aprovechaba de la inmovilidad del niño y la distancia entre ellos se agotaba, su respiración se aceleró, sus labios rozaron y de nuevo la puerta de la habitación la sorprendió al abrirse sin ningún anticipo.

Las palabras huyeron de la mente de la joven, un gesto anonadado por lo que había encontrado en su recamara no dejaba de seguir a Claridad. Pasaron unos segundos antes de que el cuerpo entumecido de la tía Carmela en la puerta de su habitación pudiese reaccionar y procesar lo que estaba pasando. Las cejas de la tía se empezaron a juntar en el centro y las esquinas se levantaron como si se las sujetaran con hilos, Claridad sabía lo que se avecinaba y no iba a impedirlo, aunque tratase de hacerlo las palabras seguían escondiéndose y no podía hallar nada que explicase su comportamiento.

La tía se apresuró, sin medir su fuerza, agarró del brazo a la joven y la arrojó del cuarto hasta conducirla a la sala en dónde pasaron horas tratando de fijar una explicación coherente. Por obvias razones ninguna de las dos pudo dormir esa noche, mientras Víctor seguía en la cama de su madre entre sus sueños más cándidos, sin saber lo que había pasado. Desde su habitación, Claridad escuchaba ruidos en toda la casa, pasos apresurados de arriba a abajo, cosas caían y las puertas rechinaban cada vez que se abrían y cerraban, no se atrevió a salir para ver lo que sucedía.

Al llegar el medio día sonó el último azote de puertas y la casa se cubrió de un enorme manto lóbrego, Claridad no volvió a saber de su tía, de su primer amor, ni del resto de su familia que dejó de llamarla para saber cómo se encontraba al paso de los días.

Una estridente bocina del viejo Anselmo la trajo de vuelta a las ansias. Su vecino llegaba del trabajo en un deteriorado Mustang de los 80 y quería llamar la atención de su esposa para advertir su presencia. Mientras su vecino se estacionaba en la calle principal y entraba a su casa, Claridad no se percató que Mario ya estaba a menos de 3 cuadras de distancia de llegar a su hogar.

Cuando pudo recuperar la concentración no dudo en acercarse al niño; poco a poco se necesitaron menos pasos para concretar el plan. Cuanto más cerca la joven se encontraba, Mario notaba desespero en aquella desconocida y una alerta se encendía en su interior. El niño empezó a pedalear con torpeza hacia la dirección contraria tratando de huir, quería pedir ayuda pero sus cuerdas vocales solo producían una especie de chillido que no alcanzaba ni los oídos de sí mismo.

El rostro de Mario empezó a dirigirse hacia arriba, sus ojos se abrían más de lo permitido y su tono de piel se transformaba a blanquecino. Claridad llena de desesperación se acercaba sin percibir que se había convertido en un alma en pena que clamaba por migajas de amor. No podía permitir que la ilusión se le escapara una vez más sin que él supiera todo lo que significaba en su vida. Claridad se encontraba frente a Mario, a solo un paso de distancia, el niño sobre la vereda de la calle con su espalda inclinada hacia atrás intentando evitar el contacto con la extraña de ojos locos que vivía frente a su casa. Claridad, en la calle, pretendiendo dar ese último paso que la llevaría a su destino, a la locura.

La joven escuálida descuidó todo lo que en su entorno pasaba, solo quería adentrarse en ese bosque de fantasías escondido tras los ojos de su amado que tanto ansiaba. No consiguió advertir el impacto de una moto que venía a toda velocidad, al mando de un joven en estado etílico. Mario quedó abatido al ver el cuerpo de Claridad sobre el asfalto que se ahogaba en un charco rojo sangre. El niño de 10 años se acercó, Claridad solo observaba como el amarillo, rojizo, azul del cielo se tornaban incoloros, aunque antes un pequeño rostro con labios carmesí se entrometió, trató de recorrer la forma con sus dedos pero su cuerpo no respondía a sus últimos deseos.

El cuerpo agonizante se apagaba y al fin logró liberarse de ese incómodo peso sobre sus hombros que la acompañó durante años. Los sonidos se distorsionaban y se apagaban mientras más se perdía en el verde esmeralda que tanto adoraba. Lo último que escuchó fue un grito de la niñera de Mario, quien salió como cada tarde, aunque esta vez pudo distinguir al niño dos cuadras al Este frente a un cuerpo tirado en el suelo y una moto accidentada en el faro de luz en diagonal.

--FIN--

CCbysa

La bruja azulosa

Azulosa estaba sentada en una mecedora junto a su casita. A pesar de tener todas las comodidades que requería, no se sentía bien. Grupitas ronroneó y Trapita, su yegua de nube salió en picada junto a su ama. Era la hora del paseo.

Azulosa montó a Trapita y sentó al gato detrás de ella.

Rápidamente emprendieron el vuelo. La luna estaba ya en lo alto de la montaña. Desde allí se podía divisar la pequeña casita escondida en un samán, las raíces que bajaban de los altos tallos la cubrían completamente.

Los tres vientos

En una ocasión se reunieron tres de los vientos existentes y convocaron a las hojas de los árboles de la comarca para una fiesta.

Ante la invitación, todas salieron volando por los aires, pero cayeron en un monte cercano. Los árboles admirados al ver sus ramas desnudas, emitieron un sonido triste, pues sus hojas brindaban abrigo a sus ramas y a sus tallos. También los pájaros se alejaron buscando el verdor y cobijo de otras zonas. El silencio reinó por esas tierras.

De pronto se oyeron voces desde una cabaña cercana.

El espíritu del monte

Este era un niño de tez morena y de mirada altiva. Era un experto cazador. Vivía en una pequeña casa de caña con su hermano, cuatro hermanas y sus padres. También sabía que cuando volviera a casa le esperaba el plátano asado en el fogón, queso fresco y un cálido café.

Tenía además un secreto. Un día salió al monte en su mula y con el machete al cinto. Se sentó muy cerca del río, escondido, a esperar que algún animal tuviera sed.

A pocos pasos de él se movieron unas matas. Silenciosamente se acercó y ¡¡¡Puararás!!!! Cayó sentado.